Historia de la soda

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Hoy en día la soda está considerada como un refresco más, pero en su día era simple agua mineral carbonatada que la gente se tomaba por cuestiones de salud. Es curioso cómo con el tiempo (y con azúcares añadidos), la soda ha pasado de ser una especie de pócima medicinal a un gigante del marketing, emblema del consumismo y, precisamente, símbolo de una mala salud.

La historia de la soda comienza en las fuentes hidrominerales, esto es, los más comúnmente conocidos manantiales. La moda empieza en Europa por una obsesión de la gente por los beneficios para la salud de los baños en manantiales. De ahí se pasó a beber el agua mineralizada de esos manantiales como remedio para los dolores de estómago o ante las más variopintas enfermedades, como el escorbuto.

Lo malo de esta moda por los beneficios del agua mineralizada era la dificultad tanto para el embotellado como para el transporte. Fue entonces cuando apareció el doctor Joseph Priestley y, a sus 35 años, puso solución al problema. Así, este notable científico (se cree que pudo ser el descubridor del oxígeno) inventaba el agua carbonatada allá por 1767.

Unos años después de su descubrimiento, otro químico, llamado Torbem Bergman fabricó una máquina especial que hacía agua carbonatada a partir de sulfato de calcio y ácido sulfúrico. Esta máquina fue la que facilitó todo eso de embotellar y producir en masa las gaseosas.

Después ya vino lo de M. Févre y los famosos polvos que daban como resultado esta agradable y refrescante bebida.

¡Y así fue como empezó todo!

Oda a las burbujas

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Bien es sabido que hubo en España gran tradición de hacer gaseosas. País caluroso, industria barata. Servían para endulzar el vino cosechero, así, el que no las usaba para un bizcocho, disfrutaba nuestras gaseosillas en forma de refresco. Gustaba a niños y a viejos, como las burbujas.

Por eso no es extraño que uno de los anuncios más esperados cada año sea el de Freixenet, con su magia y la sorpresa de quién será el famoso protagonista. Precisamente este año, esa sorpresa no será tal, pues anunciaban hace unos días que repetirán la emisión del año anterior. Las integrantes del equipo español de gimnasia rítmica, tras la plata conseguida en Río 16′, se han ganado al renovación. Así lo explicaba el Director de Comunicación de la empresa:

“Estas burbujas fueron muy entrañables, trabajaron con profesionalidad y entusiasmo y quedamos muy enamorados de ellas, como burbujas y como personas.”

Sea con cava o con gaseosa, tiene algo de hipnótico ver cómo van formándose estas pequeñas burbujas y ascendiendo por la copa, aumentando de tamaño según van subiendo. Aunque eso se debe más a la ciencia que a la magia.

Donde sí hay magia de ilusión es en esa niña que juega con burbujas de jabón, con colores a su alrededor:

Van las burbujas libres al viento,

van agrupadas en filas y cientos.

¿Se van al espacio,

o a un libro de cuentos?

Poesía y burbujas van de la mano. Desde los versos de Calderón de la Barca, “éstas que fueron pompa y alegría”, hasta los de Paul Morand publicados en Caiers des Saisons en otoño del 62′:

Pero primero, abre tu camino hacia el aire,

deslízate por senderos ondeados

hasta el techo de agua, por donde pasa la cabeza,

acompañado por fuegos artificiales de burbujas.

Otro poeta y escritor, Borges, dijo que siempre fue tímido, pero que la fama le trajo desparpajo. Y no dudó en utilizar ese desparpajo para atizar a cualquiera. “No sabía que Manuel tuviera un hermano”, comentó con desdén sobre Antonio Machado. De Gardel opinaba que creaba “miserias y sensiblerías”. Y también tuvo para las greguerías de Gómez de la Serna, de las que dijo que no eran más que la estupidez de “pensar en burbujas”.

Como podéis ver, las burbujas dan para mucho. Las hay económicas, que suelen traer problemas, o burbujas de amor, que diría Juan Luis Guerra. Burbujas de tierra que hacen los bichos bola o el plástico de burbujas que tan felices hace a algunos. En cualquier caso, nosotros nos quedamos con las burbujas de nuestras gaseosillas, ¡a disfrutar!

Cosas que no sabías de los mojitos

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Un trifinio, aunque pueda parecer el nombre de un cóctel, es un punto geográfico donde se juntan las fronteras terrestres de tres países. Pese al nombre raro, no se trata de algo inusual, de hecho China tiene 14 y Rusia 12, y en el mundo se intuye que hay algo más de 150, pero es un buen punto de partida para hablar del mojito. En la ciudad uruguaya de Bella Unión se forma una de estas triples fronteras, es más, recibe este nombre porque es el lugar donde se encuentran el río Cuareim y el río Uruguay, en la frontera de este país con sus vecinos brasileños y argentinos.

En esta pequeña localidad, que forma parte del departamento que lleva el nombre de uno de los mayores héroes nacionales del país (Artigas), llegó al mundo, en algún momento a mediados del siglo XVI, un corsario llamado Silvio Suárez Díaz, que no sabemos qué tal era con la espada ni cómo manejaba el timón, pero que por lo que cuentan, fue el primero que preparó la versión inicial del cóctel que reina las fiestas estivales y que hoy conocemos como mojito.

A finales del s. XVI y en alta mar, cualquier problema te tortura. Muchas fueron las tripulaciones que se echaron a perder por la calma chicha, que es esa otra quietud, la que no cura la fatiga, la que no abre espacios a la meditación, la que desespera. Y en esa época, mal que nos pese, todavía no podíamos ofrecer una gaseosilla El Tigre a estos amables caballeros, así que el pirata bellaunionense se las apañó para repartir a sus hombres un brebaje a base de aguardiente diluido en un poco de agua, algo de limón para combatir el escorbuto, unas hierbas aromáticas, tipo menta, y el toque dulce del azúcar que ayudaba a digerir la pócima.

Pero fue otro pirata, Francis Draque, que se labró algo más de fama, quien lo acabó popularizando hasta bautizarlo como ‘Draquecito‘. Un siglo después, con la producción de ron mejor refinado y tras haber conseguido una mayor calidad, este sustituyó al aguardiente.

Luego ya llegó lo de Cuba, Ernest Hemingway y la leyenda de La Bodeguita del Medio, pero eso es otro cantar. También con los años y la moda llegaron las distintas versiones; con fresa, con coco, que si con un poco de vodka, ahora lo quiero light, etc. Lo que no cambia nunca es lo de añadir soda, y por si no lo sabías, con las nuestras sabe mucho mejor. Prueba a preparar este cóctel con un sobrecillo de gaseosa El Tigre, ¡verás cuántas burbujas!

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Gaseosa en polvo y alpinismo

Antes de 1923 era solo una colina de apenas 500m sobre el nivel del mar. A partir del 13 de julio de ese año, cuando le colocaron las famosas nueve (realmente fueron 13) letras blancas, pasó a convertirse en una de las montañas más famosas y todo un símbolo para el cine. Sí, sabemos que nuestro producto es de película, pero no, hoy no queremos hablaros de cine. Hoy toca hablar de montañas y alpinismo.

Hace años ya que recibimos comentarios de muchos de nuestros amigos que se dedican a esto de la alta montaña, algunos incluso han paseado nuestro producto por el Everest o el Aconcagua, echándolo directamente sobre la nieve.

Es bien conocido que el agua constituye aproximadamente el 60% del peso corporal y que es, por tanto, indispensable para la vida. Durante la actividad del montañero es importante estar siempre bien hidratado. Ya sabéis, en la montaña hay que beber frecuente y abundantemente, ya que la sed no es un buen indicador de la deshidratación. También es conveniente que el agua proporcione las sales minerales que necesita nuestro organismo.

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Nuestros sobres de gaseosa en polvo mineralizan el agua gracias a la mezcla de bicarbonato sódico y ácido cítrico, con lo que sumado a su ligereza y facilidad de transporte, convierte nuestros sobrecillos en unos buenos compañeros de ruta alpinista. Además siempre vienen bien por si algo nos ha sentado mal o nos da la temida ‘pájara’ a mitad del ascenso.

En cualquier caso, antes de mineralizar el agua es conveniente asegurarnos de que el agua que vamos a beber está desinfectada; tanto si se trata de derretir nieve como de agua de río. Hay varios métodos, desde el clásico cazo para hervir hasta las modernas pastillas potabilizadoras, pasando por el famoso truco de la lejía.

Agua de ¿litines?

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Hay objetos, sonidos, sabores… que se meten en nuestra memoria para remover los recuerdos y los vínculos que crean. Conocemos la sensación a través del famoso concepto de la magdalena proustiana, que aparece en la obra En busca del tiempo perdido del autor francés Marcel Proust.

Para más de una generación, beber “agua de litines” podría ser la versión líquida de la magdalena de Proust, un viaje íntimo hacia un paraíso perdido…

El consumo de esta bebida en polvo es casi desconocido para las nuevas generaciones, pero los sobrecillos aún siguen vigentes. Como sabéis, vienen presentados en un sobre doble. Uno contiene el ácido cítrico y otro el bicarbonato sódico, pero de litio nada.

¡Eh!, ¿y entonces?

La referencia, del francés lithiné, se debe a la presencia de litio en ciertas aguas minerales cuyas propiedades medicinales estuvieron en boga a finales del siglo XIX y principios del XX. Algunos de los compuestos del litio, por el ejemplo el uratio, se utilizaban en 1840 para el padecimiento de la gota y reumatismo. Se trataba de un elemento al que se le atribuían, además de a las cualidades digestivas, beneficiosas propiedades en la curación de distintas psicopatologías como la manía o la depresión bipolar, considerándose un estabilizador del estado de ánimo.

En aquella época era posible tomarse pastillas de litines, beber agua mineral con litines, etc. El litio, más blando que el talco y menos denso que el agua, tuvo gran predicamento tras su descubrimiento en 1817. De hecho, en una pequeña comuna suiza del cantón de Vaud (Henniez), los químicos de una de las marcas más prestigiosas de agua mienral detectaron la presencia de este metal en las aguas que corrían allí, y pasaron a vender su producto estrella; Eau d’Henniez lithinée. Hace diez años, el grupo Nestlé adquiría la compañía suiza.

En España, la aceptación popular y la inmutable credibilidad humana, hicieron que nuestras farmacias fueran invadidas por suplementos minerales de alto contenido en carbonato de litio, para elaborar agua litinada de la mano de los Lithinés del Dr. Gustin, que tuvieron fuerte presencia en territorio nacional durante la primera mitad del siglo XX y nos dejaron el neologismo litines para referirnos a las papeletas para hacer soda, aunque sin rastro de litio.